Las úlceras venosas son heridas crónicas que, lejos de cerrarse, permanecen abiertas durante semanas o meses. Aparecen casi siempre en la parte baja de las piernas —sobre todo en la zona del tobillo— y representan una de las complicaciones más frecuentes de la insuficiencia venosa crónica.
En esta enfermedad, las válvulas de las venas dejan de funcionar correctamente y la sangre, en lugar de regresar al corazón, se acumula en las piernas. Esa retención provoca aumento de presión dentro de las venas —lo que los especialistas llaman hipertensión venosa— e inflamación de los tejidos. Con el tiempo, la piel se vuelve más frágil y menos capaz de regenerarse. En ese contexto, una simple rozadura o golpe leve puede transformarse en una herida que no cicatriza.
Más que una lesión cutánea, la úlcera venosa es el reflejo de un problema circulatorio de fondo. Por ello, el tratamiento no debe centrarse solo en la piel, sino en restablecer el flujo venoso. Y ahí entra la compresión terapéutica, una técnica que corrige el origen del problema y devuelve al tejido la capacidad de curarse.

La compresión terapéutica consiste en aplicar una presión controlada sobre la pierna mediante vendajes o medias diseñadas específicamente para favorecer el retorno de la sangre hacia el corazón. La presión es mayor en el tobillo y disminuye progresivamente hacia la rodilla, generando un “efecto de bombeo” que ayuda a contrarrestar la fuerza de la gravedad.
Este principio, aparentemente simple, tiene un impacto profundo: reduce el diámetro de las venas dilatadas, mejora el flujo sanguíneo y disminuye la hinchazón (edema). Además, la presión limita la salida de líquido hacia los tejidos y mejora la oxigenación local, creando un entorno favorable para la cicatrización.
No debe confundirse con las medias ligeras que se usan por cansancio o estética. La compresión terapéutica es un tratamiento médico activo, que requiere valoración profesional y seguimiento. Antes de aplicarla, el equipo sanitario realiza una exploración vascular —habitualmente mediante el índice tobillo-brazo, que compara la presión arterial de la pierna y el brazo— para asegurarse de que la circulación arterial es adecuada.
Cuando está indicada, la presión terapéutica debe alcanzar aproximadamente 40 mmHg en el tobillo, según la Sociedad Europea de Cirugía Vascular (ESVS, 2022). Esta fuerza, calculada con precisión, permite mejorar la circulación sin comprometer el riego arterial.
En definitiva, la compresión terapéutica no es “un simple vendaje”: es una herramienta médica basada en décadas de evidencia científica, que actúa sobre la causa del problema y favorece una curación eficaz y duradera.
Cuando la pierna se comprime de forma controlada, las venas recuperan su diámetro normal y el flujo sanguíneo vuelve a su dirección natural. La presión también reduce la filtración de líquido hacia los tejidos, lo que disminuye la hinchazón, y estimula el sistema linfático, responsable de eliminar el exceso de líquidos y desechos celulares.
Todo ello crea un entorno más oxigenado y menos inflamado, ideal para que el tejido dañado cicatrice.
La evidencia es sólida. Una revisión de la Cochrane Library (2021), que analizó decenas de ensayos clínicos, concluyó que la compresión duplica las probabilidades de curación frente a no aplicarla (riesgo relativo 1,77) y reduce a la mitad el tiempo medio de cicatrización. Además, los pacientes experimentan menos dolor y mejor calidad de vida.
En resumen, la compresión no solo ayuda a cerrar una herida: restaura el equilibrio funcional de toda la pierna, permitiendo que el sistema venoso, linfático y cutáneo trabajen de forma coordinada.
No existe una única forma de aplicar la compresión. Lo importante es que la presión sea la adecuada y esté correctamente distribuida. El sistema elegido dependerá del tipo de úlcera, la piel del paciente y su movilidad.
Son los más utilizados en hospitales y unidades de heridas complejas. Combinan varias capas con distinta elasticidad para mantener una presión constante (35–40 mmHg). Además, este sistema iguala los perímetros para favorecer una distribución uniforme de la presión, lo que significa que la compresión del vendaje se reparte de forma homogénea alrededor de la pierna. Gracias a ello, se mejora la eficacia terapéutica y se evitan puntos de presión que podrían causar molestias o complicaciones. La ESVS (2022) los considera el patrón de referencia en el tratamiento de las úlceras venosas.
Vendajes de corta y larga elasticidad
Los de corta elasticidad (short-stretch) son rígidos y ejercen más presión cuando el paciente se mueve, potenciando el “efecto de bomba muscular”.
Los de larga elasticidad (long-stretch) resultan más cómodos en reposo, aunque ofrecen menor efecto dinámico. Según revisiones sistemáticas, ambos son eficaces si logran la presión terapéutica adecuada.
Se emplean sobre todo cuando la úlcera ya ha cicatrizado o para prevenir recaídas. Las medias de clase II o III, según la clasificación europea, mantienen la presión venosa y reducen el riesgo de recidiva. Una revisión Cochrane (2024) demostró que su uso regular reduce casi a la mitad las recaídas (riesgo relativo 0,46).
Permiten regular la presión fácilmente y favorecen la autonomía del paciente, sobre todo en personas mayores o con dificultad para manipular vendajes. Las guías NICE (2024) los recomiendan como alternativa válida siempre que haya supervisión profesional.
En todos los casos, el éxito depende de la técnica profesional y la constancia. Una compresión bien aplicada transforma el entorno biológico de la herida y acelera su curación.
Los resultados clínicos son contundentes. La Cochrane Review (2021) confirmó que la compresión duplica la tasa de cicatrización y acorta los tiempos de curación, mejorando además el confort y la calidad de vida.
Una segunda revisión (Cochrane, 2024) demostró que mantener la compresión después de la curación reduce en casi un 50 % el riesgo de recaída. Y eso es crucial, porque entre el 30 % y el 40 % de las úlceras venosas reaparecen en los dos años siguientes si el tratamiento se interrumpe.
Además, la compresión mejora la función venosa y reduce los costes sanitarios derivados de curas prolongadas. En pocas palabras: acelera la curación, alivia el dolor y protege los resultados.
La mejor compresión del mundo no funciona si el paciente no la usa con regularidad. Por eso, la educación terapéutica y el acompañamiento profesional son tan importantes como el propio vendaje.
Al principio, llevar medias o vendajes puede resultar incómodo, especialmente en verano. Sin embargo, en pocos días, la mayoría de los pacientes nota un cambio: menos pesadez, menos hinchazón y una sensación de ligereza que devuelve movilidad y confianza.
Los nuevos materiales, más transpirables y ligeros, facilitan la adherencia. Pero lo que realmente marca la diferencia es que el paciente entienda el porqué: que la compresión no es una imposición, sino la herramienta que mantiene las piernas sanas y evita que las heridas vuelvan a aparecer.
Aprender a colocarlas correctamente, hidratar la piel y moverse con frecuencia mejora la tolerancia y los resultados. Cuando la persona se siente parte activa del proceso, la adherencia aumenta y los beneficios se multiplican.
Curar una úlcera venosa es un logro, pero mantener la piel sana es el verdadero desafío.
Después de la cicatrización, las venas siguen siendo vulnerables. Por eso, los especialistas recomiendan continuar con medias o sistemas de compresión ajustables, que mantengan el flujo venoso y eviten nuevas lesiones.
La evidencia es clara: la Cochrane Review (2024) demostró que el uso regular de compresión reduce casi a la mitad la probabilidad de recidiva.
Además, los programas de seguimiento en unidades especializadas —donde se controlan la piel, la hidratación y el estado vascular— ayudan a consolidar los resultados. La combinación de revisiones periódicas y educación del paciente garantiza estabilidad y calidad de vida a largo plazo.
Aunque la compresión terapéutica parezca sencilla, requiere valoración, conocimiento y técnica. No basta con colocar una venda: hay que conocer el estado vascular, medir la presión adecuada y elegir el sistema correcto.
Por eso, debe ser indicada y controlada por profesionales con experiencia en heridas crónicas, preferiblemente enfermería especializada en Unidades de Heridas Complejas. Estos equipos evalúan la circulación arterial mediante el índice tobillo-brazo y ajustan la presión según las necesidades de cada persona.
En las Unidades de Heridas Complejas, esta técnica se aplica bajo control profesional, ajustando los ciclos de inflado, la presión y la duración de las sesiones para cada paciente. El resultado no es solo una mejora física, muchas personas refieren alivio inmediato, sensación de ligereza y una recuperación más rápida de la movilidad.
En casos complejos —úlceras mixtas, dolor persistente o falta de evolución—, la atención debe ser multidisciplinar, incluyendo especialistas en cirugía vascular, dermatología o fisioterapia.
Una compresión bien indicada acelera la curación y previene complicaciones; una mal aplicada puede ser ineficaz o incluso perjudicial. Por eso, el conocimiento profesional es la clave del éxito.
Cuando se aplica correctamente, la compresión es un tratamiento seguro y bien tolerado. Los efectos secundarios suelen ser leves: calor, picor o pequeñas marcas que desaparecen con la hidratación y el ajuste del vendaje.
Las complicaciones graves son excepcionales. El consenso internacional sobre terapia compresiva (Phlebology, 2020) señala que los efectos adversos importantes son muy raros y suelen deberse a una evaluación vascular insuficiente o una técnica incorrecta.
Por ello, el control profesional es esencial. Antes de iniciar el tratamiento, se descartan problemas arteriales y se determina la presión óptima para cada paciente. Esta personalización garantiza eficacia y seguridad. En manos expertas, la compresión no es un riesgo, sino una herramienta de confianza.
La compresión terapéutica no es una técnica del pasado, sino un campo en constante evolución. Hoy se investigan nuevos materiales y tecnologías que buscan mejorar la precisión, la comodidad y la adherencia del paciente.
Entre las innovaciones destacan los textiles inteligentes, capaces de medir y ajustar la presión en tiempo real, y los sistemas autoadhesivos o portátiles que facilitan su uso en casa. También se estudia la combinación con terapias avanzadas como la presión negativa o los apósitos bioactivos, que aceleran la curación de úlceras extensas.
Las guías clínicas más recientes coinciden: el futuro del tratamiento pasa por integrar tecnología, seguimiento profesional y educación del paciente. Un modelo donde la ciencia y el cuidado humano se dan la mano para lograr un mismo propósito: devolver salud, movilidad y calidad de vida.
Referencias principales: