La terapia de presión negativa es una herramienta cada vez más utilizada para mejorar la evolución de determinadas heridas quirúrgicas, especialmente en pacientes con factores de riesgo como obesidad, diabetes, cirugías ortopédicas complejas o intervenciones abdominales de alto riesgo. Su finalidad es sencilla pero fundamental: crear un entorno más favorable para que la herida cicatrice de forma segura y con menos complicaciones.

El procedimiento es relativamente simple. Sobre la incisión se coloca un apósito sellado conectado a un pequeño dispositivo que genera presión negativa de forma continua o intermitente. Este sistema ayuda a retirar el exceso de fluidos, reduce la tensión sobre los bordes de la herida y mejora la perfusión local. También actúa como una barrera protectora frente a microorganismos, lo que contribuye a disminuir el riesgo de infección en los primeros días tras la cirugía, un periodo especialmente sensible.
Los datos disponibles son consistentes y respaldan de manera clara el uso de esta tecnología en heridas quirúrgicas seleccionadas. Un meta-análisis de 57 ensayos clínicos aleatorizados que incluyó a 13.744 pacientes, publicado en EClinicalMedicine, demostró que la presión negativa incisional reduce un 33 % el riesgo de infección del sitio quirúrgico en comparación con los apósitos convencionales (RR 0,67; IC 95 % 0,59–0,76).
Además, el análisis secuencial de los ensayos confirmó que estos resultados son estables y que es poco probable que nuevos estudios modifiquen de manera relevante esta estimación.
Estos hallazgos explican por qué la terapia de presión negativa se ha incorporado cada vez con más frecuencia en cirugías consideradas de alto riesgo, donde evitar una infección es determinante para una recuperación adecuada.
Los beneficios de esta tecnología se combinan para mejorar el proceso de cicatrización. La reducción del riesgo de infección es quizá el aspecto más valorado, pero no el único. La terapia de presión negativa facilita la aproximación de los bordes, disminuye la probabilidad de que la herida se abra (dehiscencia), controla el exudado y favorece un cierre más ordenado y estable. En muchos pacientes, esta combinación de efectos se traduce en postoperatorios más tranquilos y, en algunos casos, en una recuperación algo más rápida.
Aunque no todas las cirugías requieren presión negativa, existen situaciones en las que su uso aporta un valor añadido. Suele recomendarse en cirugías ortopédicas de gran complejidad, en intervenciones abdominales de riesgo, y en pacientes con obesidad, diabetes o antecedentes de mala cicatrización, ya que estos factores aumentan la probabilidad de complicaciones. En estos escenarios, proporcionar un entorno óptimo desde el inicio puede marcar una diferencia real.
La terapia de presión negativa no es un tratamiento universal, y su eficacia depende en gran medida de una adecuada selección del paciente y de un seguimiento profesional. La valoración del tipo de incisión, del estado de la piel y del riesgo individual de cada persona requiere experiencia clínica y conocimiento específico.
Por eso, su aplicación debe estar supervisada por equipos especializados en heridas complejas. Estos profesionales no solo ajustan el tratamiento a las necesidades de cada caso, sino que también detectan a tiempo cualquier complicación, optimizan recursos y contribuyen a una evolución postquirúrgica más segura y predecible.