Infección del sitio quirúrgico
Es la complicación más común. Puede afectar solo la superficie de la piel o llegar a planos más profundos e incluso órganos. Los signos de alarma suelen ser claros: enrojecimiento que se extiende, calor local, dolor creciente o supuración con mal olor.
Según las guías de los Centros para el Control de Enfermedades (CDC, 2025), estas infecciones deben tratarse siempre de forma dirigida, es decir, con antibióticos específicos elegidos por el médico —generalmente el cirujano o el especialista en enfermedades infecciosas— en función del microorganismo que se haya identificado en el cultivo de la herida.
Antes de iniciar el tratamiento, se toma una muestra del exudado (el líquido o secreción que sale de la herida) para analizar qué bacterias están presentes y qué medicamentos son eficaces contra ellas.
Usar antibióticos “por si acaso”, sin saber cuál es la causa real, no solo es ineficaz, sino que puede favorecer la aparición de bacterias resistentes, un problema creciente en todo el mundo. Por eso, el tratamiento antibiótico de una herida quirúrgica debe estar siempre prescrito y supervisado por un profesional médico, tras una evaluación clínica y microbiológica adecuada.