Las escaras -también llamadas úlceras o lesiones por presión- aparecen cuando una zona del cuerpo permanece sometida a presión mantenida, fricción o cizalla durante demasiado tiempo. Aunque pueden surgir a cualquier edad, son especialmente frecuentes en personas con movilidad reducida, enfermedades crónicas o algún grado de dependencia. Identificar sus primeros signos permite actuar a tiempo y evitar complicaciones más serias.

Cuando una zona del cuerpo soporta presión de forma continua, la circulación se ve comprometida. El flujo de oxígeno y nutrientes disminuye y el tejido comienza a deteriorarse. Primero aparece un enrojecimiento, después cambios sutiles en la textura o la temperatura, y si la presión se mantiene, la lesión se puede profundizar y afectar músculos, tendones o incluso hueso.
Comprender este proceso ayuda a valorar la importancia de una detección precoz: una escara no aparece de un día para otro, sino que va avisando mediante pequeñas señales que conviene conocer.
Aunque algunas alteraciones cutáneas parecen poco relevantes, pueden indicar que el tejido ya está sufriendo. Conviene prestar atención a:
La Guía Internacional EPUAP/NPIAP/PPPIA 2019, considerada el estándar mundial en el manejo de úlceras por presión, recoge más de cien recomendaciones basadas en evidencia y destaca que un cambio persistente de color, una zona que no “palidece” al presionar o un aumento repentino del dolor deben interpretarse como señales tempranas de daño tisular. Detectarlas permite intervenir antes de que la lesión progrese.
Las escaras pueden evolucionar con rapidez. Una zona ligeramente enrojecida puede convertirse en una úlcera profunda en cuestión de días si no se toman medidas. Además, una piel lesionada pierde su capacidad protectora, aumentando el riesgo de infección, dolor y disminución de la movilidad. En personas vulnerables, estas complicaciones pueden afectar de forma notable su bienestar general.
Cuando la escara está presente, es importante actuar de inmediato para evitar que progrese. El primer paso consiste en aliviar la presión: realizar cambios posturales más frecuentes, utilizar cojines o colchones especiales y revisar si hay elementos que favorecen la fricción o el roce.
El siguiente paso es evaluar el estado de la lesión. No todas las escaras evolucionan igual, y su apariencia orienta el tipo de cuidado necesario. En fases iniciales, mantener la piel limpia, hidratada y protegida puede evitar que la lesión avance. En fases más profundas, será necesario valorar otras intervenciones como apósitos específicos, control del exudado o desbridamiento.
La prevención es esencial, especialmente en personas con riesgo elevado. Se basa en tres pilares:
También es importante revisar ropa, calzado, dispositivos ortopédicos y cualquier elemento que pueda generar roce o presión continuada.
El tratamiento de una escara depende siempre de la profundidad del daño y del estado del tejido. En las lesiones más superficiales, como las de grado I, la piel aún está íntegra pero presenta un enrojecimiento persistente. En esta fase inicial, la intervención suele ser muy eficaz si se actúa a tiempo: basta con aliviar la presión de forma constante, proteger la zona y revisar los factores que han favorecido su aparición. Con estas medidas, la lesión puede revertir completamente.
Cuando la escara evoluciona a un grado II, aparecen ampollas o erosiones en la capa más superficial de la piel. En este punto es necesario utilizar apósitos que mantengan un ambiente de cicatrización adecuado, protejan frente a la fricción y controlen la humedad. Este tipo de lesiones requiere ya un seguimiento más estrecho para evitar que progresen.
Las escaras de grado III y IV implican una pérdida de tejido más profunda y necesitan un abordaje avanzado. En estos casos puede ser necesario realizar desbridamiento para retirar tejido dañado, controlar el exceso de exudado, prevenir o tratar la infección y aplicar apósitos de tecnología específica. En algunos pacientes se valoran además terapias complementarias, como la presión negativa, que ayudan a favorecer la cicatrización en determinados contextos clínicos.
Sea cual sea el grado, el tratamiento siempre debe adaptarse a la situación de cada persona y estar supervisado por profesionales especializados. Una elección inadecuada del apósito o del método de cuidado puede retrasar la recuperación o incluso agravar la lesión, por lo que la valoración experta es clave para asegurar una evolución favorable.
El manejo de las escaras va mucho más allá de aplicar un producto tópico. Requiere valorar el estado real del tejido, identificar factores que están frenando la cicatrización y elegir el tratamiento más seguro y eficaz para cada caso.
Los equipos especializados en heridas complejas cuentan con herramientas diagnósticas avanzadas, experiencia clínica y protocolos basados en las guías internacionales más actualizadas. Su intervención no solo ayuda a evitar complicaciones, sino que mejora el confort, el control del dolor y la calidad de vida. En cualquier escara que no mejore, avance o genere dudas, consultar con un especialista es siempre la mejor decisión.