Hay heridas que no avisan. Un día aparece una pequeña zona enrojecida en la pierna, un picor, una costra que no termina de cerrar… y, con el paso de las semanas, aquello que parecía un rasguño se convierte en una herida profunda, dolorosa y difícil de curar.
En ese momento surge una duda frecuente: ¿Es una úlcera venosa o una úlcera arterial? A simple vista pueden parecer similares, pero su origen, su evolución y su tratamiento son completamente distintos. Comprender esa diferencia —que nace en lo más profundo de la circulación— es esencial para curarlas correctamente y, sobre todo, para evitar que reaparezcan.

Las úlceras vasculares son heridas crónicas que se desarrollan como consecuencia de un trastorno en la circulación sanguínea, ya sea por exceso o por defecto de flujo.
En la úlcera venosa, el problema está en el retorno de la sangre hacia el corazón: las venas no logran drenar con eficacia, la presión aumenta y los capilares se dilatan, hasta que los tejidos comienzan a dañarse por estasis y falta de oxigenación.
En la úlcera arterial, ocurre lo contrario: la sangre no llega adecuadamente. Las arterias se estrechan u obstruyen por placas de ateroma, reduciendo el aporte de oxígeno y nutrientes a los tejidos, que finalmente necrosan.
El resultado final —una herida abierta— puede ser similar, pero las causas fisiológicas, el tratamiento y el pronóstico son completamente distintos.
Las úlceras venosas son las más frecuentes. Suelen aparecer por encima del tobillo, especialmente en la zona interna de la pierna.
La piel, castigada por la presión venosa, se vuelve oscura, brillante, algo endurecida y, ante un pequeño traumatismo o roce, puede abrirse y formar una herida.
Son lesiones húmedas, de bordes irregulares, con abundante exudado y tejido de granulación. El dolor suele ser leve o moderado y disminuye al elevar la pierna, lo que mejora el retorno venoso.
“La piel tiene memoria”, explica Mercedes Fraile de Bustos, enfermera especialista en heridas crónicas y quirúrgicas. “Cuando las venas no drenan bien, la piel se inflama, se vuelve frágil y ante el menor estímulo puede ulcerarse. Por eso es fundamental tratar no solo la herida, sino la insuficiencia venosa que la origina.”
Las úlceras arteriales son menos frecuentes, pero suelen ser más dolorosas y de evolución más lenta. Aparecen en zonas distales como los dedos, el talón o los bordes del pie, donde la circulación es más débil. La piel presenta un aspecto pálido, frío y sin vello, con pulsos apenas perceptibles.
Las heridas son secas, profundas, con bordes bien definidos y, en ocasiones, cubiertas de tejido necrótico oscuro. El dolor es característico: intenso, punzante, persistente y empeora al elevar la pierna, ya que disminuye la llegada de sangre.
“Las úlceras arteriales son heridas que se asfixian lentamente”, comenta Mercedes Fraile. “El tratamiento debe centrarse en recuperar la perfusión antes de pensar en curas locales. Ningún apósito podrá sustituir a la sangre que no llega.”
Aunque ambas se engloban como úlceras vasculares, existen diferencias claras en su presentación:
| Aspecto | Úlcera venosa | Úlcera arterial |
|---|---|---|
| Causa | Retorno venoso deficiente | Flujo arterial insuficiente |
| Ubicación | Tobillo o parte baja de la pierna | Dedos, talón, borde del pie |
| Aspecto | Húmeda, bordes irregulares | Seca, bordes definidos |
| Color de piel | Marrón, edematosa | Pálida, fría, sin vello |
| Dolor | Leve, mejora al elevar | Intenso, empeora al elevar |
| Pulsos | Conservados | Débiles o ausentes |
No obstante, en la práctica existen formas mixtas (arteriovenosas), donde coexisten ambos mecanismos. Estas requieren especial atención, ya que su manejo combina estrategias de ambos tipos.
Un estudio publicado en SAGE Journals (2024) analizó más de un centenar de casos y mostró que, aunque las úlceras venosas representaban el 74 % y las arteriales el 24 %, las úlceras mixtas —que suponían apenas el 5 %— alcanzaron una tasa de curación del 93 %, frente al 74 % de las venosas y el 41 % de las arteriales. Este hallazgo subraya la importancia de un diagnóstico diferencial preciso, capaz de identificar los componentes vasculares combinados que determinan el pronóstico.
El diagnóstico de una úlcera vascular comienza con una historia clínica detallada y una exploración física exhaustiva. En Advance, cada paciente se valora de forma integral: enfermedades previas, medicación, hábitos, antecedentes de cirugía o tabaquismo. Todo influye en la evolución del tejido.
A continuación, se realizan pruebas específicas para conocer el origen exacto de la lesión:
“Estas pruebas no son un mero procedimiento técnico”, señala Mercedes Fraile de Bustos. “Constituyen una herramienta esencial para determinar el tipo de alteración vascular y definir el abordaje más adecuado. Cada resultado aporta información decisiva que orienta la estrategia terapéutica y permite actuar con precisión desde el inicio.”
El abordaje de las úlceras vasculares es multidisciplinar y personalizado. No se trata solo de cerrar la herida, sino de restaurar la función circulatoria alterada.
En las úlceras venosas, el pilar terapéutico es la terapia compresiva (vendajes multicapa, medias elásticas o sistemas específicos), combinada con curas avanzadas que controlen el exudado, protejan la piel y estimulen la cicatrización. En las úlceras arteriales, la prioridad es restablecer el flujo sanguíneo, mediante fármacos vasodilatadores, procedimientos endovasculares o cirugía reconstructiva.
“El cuidado enfermero especializado traduce la teoría en resultados clínicos reales”, afirma Mercedes Fraile. “No se trata solo de aplicar apósitos, sino de interpretar la evolución del tejido, aliviar el dolor y acompañar al paciente durante todo el proceso.”
En Advance, el seguimiento fotográfico digital permite evaluar objetivamente la evolución y ajustar el tratamiento cuando es necesario. Tecnología y conocimiento clínico se combinan para lograr resultados seguros y sostenibles.
Una úlcera que cicatriza no siempre significa que el problema esté resuelto. En las patologías vasculares, la prevención es esencial para evitar recaídas.
En las úlceras venosas, la clave está en mantener el retorno venoso: uso adecuado de medias de compresión, ejercicio moderado, control del peso y evitar la inmovilidad prolongada.
En las úlceras arteriales, la prevención se centra en mantener la perfusión: dejar de fumar, controlar la diabetes y la tensión arterial, proteger los pies de roces y mantener la piel bien hidratada.
El estudio de SAGE Journals (2024) demostró que las tasas de curación se correlacionan directamente con la adherencia a los programas de seguimiento: 74 % en úlceras venosas, 41 % en arteriales y 93 % en mixtas.
En Advance, los planes de alta incluyen educación al paciente, revisiones periódicas y control digital fotográfico, porque prevenir una úlcera no es solo evitar una herida, sino conservar la movilidad y la calidad de vida.
Distinguir entre una úlcera venosa y una arterial no es un tecnicismo: es una decisión clínica que puede evitar dolor, complicaciones e incluso amputaciones. Comprender su origen permite actuar con precisión, restaurar la circulación y favorecer una cicatrización eficaz.
En Advance – Unidad de Heridas Complejas, cada paciente recibe una atención integral basada en tecnología diagnóstica, evidencia científica y acompañamiento humano.