En el universo de las complicaciones asociadas a la diabetes, el pie diabético ocupa un lugar singular: es frecuente, es grave y, sin embargo, suele avanzar con un silencio que desconcierta a quienes lo padecen. La neuropatía —esa pérdida progresiva de sensibilidad— transforma el pie en un territorio desprovisto de alarmas. Una rozadura que en cualquier otra persona provocaría una ligera molestia puede pasar inadvertida durante horas. Y cuando la fricción se acumula, la piel, ya más frágil y desprotegida, puede abrirse dando paso a una herida que tarda semanas, o incluso meses, en cerrar.
En consulta, las frases se repiten una y otra vez: «No me dolía», «no noté nada». Esa ausencia de alerta es, precisamente, lo que convierte al pie diabético en una región especialmente vulnerable. Cuando el dolor deja de cumplir su función protectora, el calzado —que durante años había sido una elección estética o de comodidad— se transforma en una herramienta preventiva de primera línea. No actúa solo como vestimenta, sino como escudo.
Montserrat del Peso Vidal, enfermera especialista en heridas y con amplia experiencia en unidades avanzadas de pie diabético, lo resume de manera impecable:
“El pie con neuropatía no avisa. Por eso necesitamos que el calzado trabaje por el paciente: que proteja, que distribuya la presión y que evite cualquier roce que él no será capaz de notar”.

La diabetes altera varios mecanismos naturales de defensa al mismo tiempo. La sensibilidad disminuye, de modo que las presiones mantenidas y los pequeños roces dejan de percibirse. La arquitectura del pie también puede modificarse: dedos en garra, prominencias óseas, hundimiento del arco plantar… Cambios que concentran la presión en zonas concretas, a veces en lugares que nunca antes habían dado problemas. La piel, más seca y con menor capacidad de regeneración, ofrece menos resistencia a la fricción. Y si la circulación está comprometida, la llegada de oxígeno y nutrientes se ralentiza, dificultando la cicatrización.
La combinación de estos factores convierte al pie en un sistema menos preparado para soportar agresiones mínimas. Por eso las guías europeas y españolas insisten en que la prevención debe comenzar antes de que aparezca la primera herida, y en que el calzado adecuado es una pieza central de esa estrategia.
Las recomendaciones internacionales son claras: el calzado debe proteger la piel, repartir la presión de manera equilibrada y evitar cualquier fricción innecesaria. La puntera ha de permitir que los dedos se muevan sin quedar comprimidos; los materiales internos deben ser suaves y continuos, sin costuras que con el uso puedan clavarse; la suela, estable y con poca torsión, ayuda a disminuir las fuerzas de cizalla que dañan la piel; y el cierre —con cordones o velcro— debe adaptarse a las variaciones del pie a lo largo del día sin apretar ni permitir que el pie se deslice dentro del zapato.
En muchos pacientes basta con un calzado adecuado, bien ajustado y de buena calidad. Pero cuando la neuropatía es avanzada, existen deformidades marcadas o ya ha habido una úlcera que cicatrizó, la evidencia es contundente: el calzado terapéutico diseñado para redistribuir la presión reduce de manera significativa la aparición de nuevas heridas. Así lo respaldan los meta-análisis más recientes publicados en revistas de alto impacto, y así lo recogen las guías IWGDF, que consideran este tipo de calzado una intervención prioritaria en personas de alto riesgo.
Montserrat del Peso Vidal recuerda a menudo que las lesiones rara vez aparecen por azar. “Cuando analizamos por qué se ha producido una úlcera de pie diabético”, explica, “casi siempre encontramos un origen evitable: una puntera demasiado estrecha, una costura que sobresale, una suela deformada por el uso. No es mala suerte: es un riesgo que podemos prevenir”. Su observación coincide con estudios que demuestran cómo pequeñas imperfecciones pueden multiplicar la presión en un punto concreto y desencadenar una herida.
Incluso el mejor calzado pierde eficacia con el tiempo. La suela se deforma, la estructura interna se hunde y el zapato deja de comportarse como al principio. En personas con diabetes, los indicios suelen ser discretos. Si tras una caminata aparece un enrojecimiento persistente en un punto concreto, si surge un callo donde antes no existía, si el zapato deja marcas visibles o transmite una sensación de presión novedosa, conviene revisar su estado o directamente sustituirlo.
Un aspecto esencial es recordar que un zapato que provocó una úlcera nunca debe volver a utilizarse, incluso aunque la lesión haya cicatrizado. La deformación interna que generó el problema suele permanecer.
Algunos hábitos cotidianos incrementan notablemente el riesgo de lesión. Uno muy habitual es prolongar la vida útil del calzado más allá de lo razonable, confiando en que, si antes funcionó bien, seguirá haciéndolo. También es arriesgado elegir modelos por estética sabiendo que aprietan o rozan ligeramente. Es frecuente caminar por casa descalzo o solo con calcetines, olvidando que cualquier pequeño objeto en el suelo puede provocar una lesión inadvertida. Y no menos importante: estrenar un zapato y llevarlo durante horas sin observar cómo responde la piel.
La experiencia clínica demuestra que muchas úlceras podrían haberse evitado atendiendo a estos pequeños detalles. En este ámbito, la prevención es siempre más eficaz que el tratamiento.
Las guías españolas recomiendan no esperar a que aparezca una herida para solicitar una valoración especializada. La pérdida de sensibilidad al monofilamento, la presencia de deformidades del pie, la aparición recurrente de callos o la dificultad para encontrar un calzado que no genere roces indican que el riesgo está aumentando. También lo es la sospecha de mala circulación, especialmente si el pie está frío, cambia de color o los pulsos son difíciles de palpar.
Montserrat del Peso Vidal lo expresa de forma especialmente clara:
“Si una zona del pie se enrojece cada vez que caminas, si una callosidad o dureza vuelve siempre al mismo lugar, o si el zapato roza aunque sea mínimamente, no esperes a que aparezca la herida. Ese es el momento de venir a la unidad”.
En estas unidades se realizan estudios de presión plantar, valoraciones biomecánicas y exploraciones neurovasculares que permiten detectar puntos de riesgo antes de que la piel se lesione. Y, sobre todo, se adapta el calzado —o las plantillas— para redistribuir la presión y proteger las zonas vulnerables.
La filosofía que guía su trabajo podría resumirse en una frase que Montserrat repite con la serenidad de quien ha visto demasiadas heridas evitables: “La herida más fácil de curar es la que nunca llega a formarse”.