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La compresión terapéutica no debe aplicarse sin valorar antes la circulación arterial. La evaluación vascular permite decidir si la compresión es segura, ajustar su intensidad y evitar complicaciones que pueden retrasar la cicatrización de las heridas de la pierna.

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Compresión terapéutica: señales de que hay que revisar el vendaje y consultar.

Compresión terapéutica: cuándo está mal indicada y qué riesgos tiene

La compresión terapéutica es uno de los tratamientos más eficaces en el manejo de las úlceras de las piernas, especialmente cuando existe un problema venoso de base. Bien indicada, puede reducir el edema, mejorar la circulación venosa y permitir que una herida estancada empiece por fin a cicatrizar.
Mal indicada, sin embargo, puede convertirse en un riesgo real para la circulación y para la viabilidad del tejido.

Entender cuándo la compresión ayuda y cuándo puede perjudicar es esencial tanto para los profesionales sanitarios como para las personas que conviven con una herida crónica y buscan información fiable para tomar decisiones informadas.

 

Cuando la compresión deja de ser segura

La compresión actúa aplicando una presión externa controlada sobre la pierna para facilitar el retorno venoso, es decir, ayudar a que la sangre que tiende a acumularse en el tobillo y la pantorrilla vuelva hacia el corazón. Este mecanismo resulta muy eficaz cuando el problema principal es venoso.

El riesgo aparece cuando esa presión se aplica en una extremidad que no tiene un riego arterial suficiente. La circulación arterial es la responsable de llevar sangre rica en oxígeno y nutrientes a los tejidos. Sin ese aporte, la piel y el lecho de la herida no pueden mantenerse sanos ni cicatrizar correctamente.

En la práctica clínica, este escenario es más frecuente de lo que parece. Como explica Ana Igualada, “una de las situaciones más habituales es la de úlceras de etiología mixta en las que el componente arterial está infravalorado o no se ha medido de forma objetiva”. Esto ocurre especialmente en personas con diabetes, arteriopatía periférica o edad avanzada, donde los pulsos pueden ser difíciles de valorar clínicamente y llevar a iniciar una compresión estándar que la extremidad no tolera.

En estos casos, la compresión no solo deja de ayudar, sino que puede dificultar aún más la llegada de sangre arterial, reduciendo la oxigenación del tejido. El resultado puede ser justo el contrario al esperado: aumento del dolor, empeoramiento del aspecto de la herida y bloqueo del proceso de cicatrización. En palabras de Ana Igualada, “una compresión que fue adecuada al inicio puede volverse excesiva semanas después si no se revisa, especialmente cuando el edema ha disminuido o el estado vascular ha cambiado”.

Esta preocupación está respaldada por la evidencia científica. Las guías clínicas europeas de la European Society for Vascular Surgery (ESVS) señalan que la compresión terapéutica estándar no siempre es segura cuando existe enfermedad arterial asociada y subrayan la necesidad de evaluar de forma objetiva la circulación arterial antes de iniciar el tratamiento.

 

Riesgos reales de una compresión mal indicada

Cuando la compresión se aplica sin una valoración vascular adecuada, pueden aparecer complicaciones que no son excepcionales ni teóricas. El primer aviso suele ser el dolor intenso y persistente, diferente al dolor habitual de la herida. No se trata de una simple molestia inicial ni de una sensación de presión transitoria.

Tal y como señala Ana Igualada desde su experiencia clínica, “uno de los errores más frecuentes es aumentar la presión cuando la herida no mejora, sin replantear el diagnóstico”. En estos casos, la compresión deja de ser una ayuda y se convierte en un factor que perpetúa el dolor, empeora la perfusión y bloquea la cicatrización.

Este dolor puede acompañarse de otros signos de alarma, como sensación de frialdad en el pie, cambios en el color de la piel o hormigueo. En situaciones más graves, la falta de riego arterial puede provocar empeoramiento del lecho de la herida, aparición de tejido necrótico —tejido que ha muerto por falta de oxígeno— y un retraso marcado o incluso un bloqueo completo del proceso de cicatrización.

Infografía sobre señales de alarma durante la compresión terapéutica: dolor intenso, frialdad del pie, cambios de color y deterioro de la herida.
Señales de alarma durante la compresión terapéutica: revisa el vendaje si aparece dolor, frialdad, cambios de color o empeora la herida.

Dolor con la compresión: lo esperable y lo preocupante

Es importante diferenciar entre dos situaciones muy distintas. Al iniciar un tratamiento compresivo puede aparecer una sensación de presión o tirantez moderada, especialmente en los primeros días, mientras la pierna se adapta a la reducción del edema. Esta molestia suele ser tolerable y mejora con el tiempo.

Lo que no es normal es un dolor intenso, continuo o creciente, que no cede al elevar la pierna o que empeora durante la noche. Como explica Ana Igualada, “este tipo de dolor nunca debe considerarse normal ni algo que el paciente tenga que aguantar”, ya que puede ser un signo claro de compromiso arterial y debe interpretarse siempre como una señal de alerta.

 

Compresión y miedo: aclarando una confusión frecuente

Muchas personas llegan a consulta con miedo a la compresión porque han oído que “corta la circulación”. Dicho así, no es correcto, pero tampoco es del todo falso.

La realidad es más precisa: la compresión bien indicada protege la circulación venosa y favorece la cicatrización, mientras que la compresión mal indicada puede comprometer la circulación arterial. Como resume Ana Igualada, “el problema no es la compresión en sí, sino aplicarla sin una valoración adecuada de a quién va dirigida”.

 

Indicar, ajustar y revisar: una estrategia, no un gesto aislado

La compresión terapéutica no es una decisión puntual que se toma una vez y se mantiene sin cambios. Forma parte de una estrategia de tratamiento dinámica que debe adaptarse a la evolución de la herida y de la propia pierna. En este sentido, Ana Igualada insiste en que “una compresión correcta requiere valorar la circulación arterial antes de iniciar el tratamiento y revisarla en función del edema, del dolor y de la evolución de la herida”.

El estado vascular, el volumen de la extremidad y la sensibilidad cutánea pueden modificarse con el tiempo. Pasar por alto estas variaciones es una de las causas más frecuentes de fracaso terapéutico en las heridas crónicas.

 

Señales de alarma que obligan a revisar la compresión

Existen síntomas que nunca deben normalizarse durante un tratamiento compresivo. El dolor intenso que no mejora con el reposo, el empeoramiento del dolor nocturno, los cambios llamativos de color en los dedos o el pie, la sensación marcada de frialdad o el deterioro visible del aspecto de la herida son motivos suficientes para revisar la compresión de inmediato.

Como advierte Ana Igualada, “cuando aparecen estos signos, insistir en el tratamiento sin reevaluar no es constancia terapéutica, sino un riesgo evitable”.

 

La importancia de acudir a especialistas en heridas

Las heridas complejas no solo requieren constancia, sino criterio clínico especializado. La indicación de la compresión, su ajuste y su seguimiento dependen de múltiples factores que no siempre son fáciles de valorar sin experiencia específica.

Los profesionales especializados en heridas están entrenados para detectar precozmente signos de mala tolerancia, interpretar cambios sutiles y decidir cuándo es necesario reducir, modificar o suspender la compresión. Como explica Ana Igualada, “aplicar la compresión como una medida fija, sin seguimiento ni criterio clínico experto, es una de las causas más frecuentes de complicaciones evitables en las heridas crónicas”.

 

Un mensaje clave para quien convive con una herida compleja

La compresión terapéutica es una herramienta potente, pero no es inocua. Utilizada correctamente, puede marcar la diferencia entre una herida crónica y una herida que cicatriza. Utilizada sin una indicación adecuada, puede retrasar la curación y generar complicaciones evitables.

En el tratamiento de las heridas complejas, la seguridad siempre debe ir por delante de la intensidad, y como concluye Ana Igualada, reevaluar a tiempo no es un retroceso, sino una decisión clínica responsable.

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