Hay heridas que, a simple vista, parecen bien cuidadas. No supuran, no presentan mal olor ni signos evidentes de infección. Sin embargo, no avanzan. Pasan las semanas y la evolución es mínima, lo que genera desconcierto y frustración en quien convive con ellas: si todo parece estar bien, ¿por qué la herida no cicatriza?
En muchos de estos casos, el problema no está en lo que se ve, sino en lo que ocurre a nivel microscópico sobre el lecho de la herida. Una de las causas más frecuentes de este estancamiento es el biofilm.

La cicatrización es un proceso complejo que requiere equilibrio. Cuando ese equilibrio se rompe, la herida puede quedar atrapada en una fase inflamatoria persistente. El organismo intenta reparar el tejido, pero algo se lo impide de forma constante.
Ese “algo” suele ser una barrera invisible, formada por bacterias organizadas que se adhieren al lecho de la herida y crean un entorno hostil para la cicatrización. Esta barrera no siempre da la cara como una infección clásica, pero mantiene la herida bloqueada durante semanas o meses.
El biofilm es una estructura organizada de bacterias que se agrupan y se protegen mediante una matriz que ellas mismas producen. A diferencia de las bacterias libres, las bacterias en biofilm son mucho más resistentes tanto a la respuesta inmunitaria del organismo como a muchos tratamientos antimicrobianos habituales.
La importancia clínica del biofilm en las heridas crónicas está ampliamente documentada. Una revisión de referencia publicada por Percival y colaboradores describe que el biofilm está presente en un alto porcentaje de heridas crónicas y constituye uno de los principales mecanismos que explican su retraso en la cicatrización.
Cuando el biofilm se instala, la herida entra en un círculo vicioso. Las bacterias protegidas por esta estructura no se eliminan completamente, la inflamación se mantiene y las células encargadas de regenerar el tejido no pueden trabajar con normalidad.
Esto se traduce en heridas que no forman tejido de granulación adecuado, cuyos bordes no avanzan y que recaen una y otra vez tras aparentes mejorías.
El desbridamiento es el procedimiento mediante el cual se eliminan tejidos no viables, restos celulares y material que impide la cicatrización, incluido el biofilm. No se trata de una única técnica ni de una intervención agresiva por definición.
Existen distintas formas de desbridamiento, y su elección depende del estado de la herida, del tipo de tejido y de la situación de la persona.
El desbridamiento cobra un papel especialmente relevante cuando una herida crónica no progresa a pesar de recibir cuidados adecuados, cuando presenta tejido desvitalizado o cuando la evolución es irregular y con recaídas frecuentes.
Desde su experiencia clínica, Ana Igualada, enfermera de heridas complejas de Advance, describe un escenario muy reconocible: heridas que parecen “estables”, pero “no hay formación consistente de tejido de granulación ni avance de los bordes”. Según explica, este patrón suele corresponder con una inflamación persistente mantenida en muchas ocasiones por la presencia de biofilm.
También señala que el desbridamiento resulta determinante cuando existen recaídas repetidas, es decir, lesiones que mejoran ligeramente y vuelven a estancarse. En estos casos, advierte que “mientras no se retire el tejido desvitalizado, la herida difícilmente podrá entrar en una fase reparadora estable”.
Una revisión sistemática publicada en ScienceDirect concluye que el desbridamiento es una herramienta central en la preparación del lecho de la herida, ya que no solo reduce la carga bacteriana, sino que interrumpe físicamente la estructura del biofilm.
Como resume Ana Igualada, en determinados contextos “no es simplemente una técnica complementaria, sino la intervención que puede romper el círculo inflamatorio crónico”.
La literatura científica coincide en que el control del biofilm es fundamental para lograr la cicatrización de muchas heridas crónicas. Sin embargo, también deja claro que el biofilm puede reaparecer en pocos días si no se mantiene una estrategia adecuada.
Un artículo de referencia publicado por Attinger y colaboradores describe que el desbridamiento periódico ayuda a mantener la herida dentro de una “ventana favorable de cicatrización”, especialmente cuando se integra en un plan estructurado.
En una unidad especializada, el desbridamiento no se aplica de forma automática ni indiscriminada. Se valora el estado general de la persona, el dolor, la vascularización, el objetivo terapéutico y el momento evolutivo de la herida.
Ana Igualada subraya que “la decisión de desbridar —y cómo hacerlo— nunca es automática”, ya que requiere una valoración global que va más allá del aspecto del lecho.
Explica que el contexto clínico del paciente es determinante: “una herida con clara indicación técnica puede requerir un enfoque más conservador si la persona está clínicamente inestable”.
También recalca que la intensidad depende del objetivo terapéutico. No es lo mismo buscar cierre completo que estabilización en un contexto de alta complejidad. En sus palabras, el equilibrio debe buscar “una ventaja biológica clara sin comprometer el bienestar global de la persona”.
Uno de los errores más habituales es pensar que el desbridamiento solo se realiza cuando la herida está muy deteriorada. En realidad, intervenir a tiempo puede evitar que el biofilm se consolide.
Otro malentendido frecuente es asociarlo siempre con dolor intenso. Cuando se realiza con criterio y se adapta a cada persona, suele ser bien tolerado.
Tras un desbridamiento adecuado, es habitual que la herida presente un aspecto más rojo o “vivo”. Este cambio suele indicar que el tejido está más activo biológicamente.
Según describe Ana Igualada, uno de los signos más tempranos es que el lecho adquiere un aspecto “más vascularizado y más uniforme”, con un tejido de granulación mejor organizado.
En algunos casos, el paciente también percibe menos molestias persistentes o mayor estabilidad local.
El desbridamiento no es solo una técnica, sino una forma de retirar aquello que impide que la herida haga su trabajo.
Como explica Ana Igualada, tras una intervención adecuada se observa que la herida “abandona el estado de estancamiento crónico y entra en una fase más dinámica”.
Esa transición, aunque sutil, es el indicador más fiable de que el proceso de cicatrización se ha reactivado.