Muchas personas conviven durante meses, incluso años, con una herida que no termina de cerrar. Se limpia con regularidad, se aplican tratamientos adecuados y, a veces, parece mejorar durante unos días. Sin embargo, esa mejoría se frena, retrocede o simplemente se detiene. Cuando esto ocurre, no siempre falta tratamiento. En muchos casos, lo que existe es un obstáculo poco visible y difícil de identificar: el biofilm.
Comprender qué es el biofilm y cómo actúa permite entender por qué algunas heridas crónicas se comportan como si estuvieran “atrapadas” en el tiempo, pese a recibir cuidados constantes.

El biofilm es una forma organizada de vida bacteriana. En lugar de encontrarse dispersas, las bacterias se agrupan sobre el lecho de la herida y producen una matriz protectora propia, una especie de envoltura que las aísla del entorno.
Esta estructura actúa como un escudo. Protege a las bacterias frente a los mecanismos de defensa del organismo y frente a muchos tratamientos locales. Desde el exterior, la herida puede no mostrar signos evidentes de infección: no hay pus, el olor puede ser mínimo y el aspecto general puede parecer relativamente estable.
Como explica Montserrat del Peso, “el biofilm suele pasar desapercibido porque no se manifiesta como una infección clásica; no presenta eritema, edema, exudado purulento ni mal olor”. A esto se suma otro factor clave: “no se ve, y esa invisibilidad genera una falsa sensación de control, como si todo estuviera bajo control cuando en realidad la herida está estancada”.
Esta falta de señales visibles no es casual. El International Wound Infection Institute (IWII) señala en su consenso clínico que el biofilm no puede identificarse a simple vista en heridas crónicas sin técnicas específicas. Por eso, su presencia suele inferirse más por el comportamiento de la herida que por su apariencia inmediata.
Cuando se analiza de forma sistemática, el biofilm resulta ser muy frecuente. Un meta-análisis publicado en Journal of Wound Care estimó que está presente en aproximadamente el 78 % de las heridas crónicas humanas, un dato que ayuda a entender por qué tantas heridas comparten un patrón de evolución lenta y frustrante.
La cicatrización es un proceso ordenado que avanza por fases: limpieza, inflamación controlada, reparación y cierre. El biofilm interfiere precisamente en esa progresión.
Su presencia mantiene la herida en un estado de inflamación persistente, como si el organismo nunca recibiera la señal de que puede pasar a la siguiente etapa. El tejido no empeora de forma brusca, pero tampoco avanza hacia la regeneración. Tal y como describe Montserrat del Peso, “el biofilm actúa como un freno silencioso: la herida parece estable, pero biológicamente está bloqueada”.
Además, la matriz protectora del biofilm dificulta la penetración de antisépticos y otros tratamientos locales. Esto explica por qué algunas heridas responden solo de forma parcial o temporal: el tratamiento actúa sobre la superficie, pero no logra alterar la estructura que mantiene bloqueado el proceso.
El resultado es una herida que parece estable, pero que en realidad permanece biológicamente estancada.
Uno de los aspectos más desconcertantes del biofilm es que no siempre se manifiesta con signos claros de infección. Muchas heridas con biofilm no presentan dolor intenso, supuración ni olor llamativo.
Las señales más habituales son más sutiles: una evolución mínima durante semanas o meses, pequeños avances seguidos de retrocesos repetidos, tejido que no termina de regenerarse o la sensación persistente de “estar siempre igual”. En la práctica clínica, como señala Montserrat del Peso, “el estancamiento es uno de los indicadores más importantes de sospecha de biofilm: una herida que no empeora pero que tampoco progresa pese a un tratamiento adecuado debería hacernos pensar en su existencia”.
Este patrón genera desgaste emocional y frustración, porque da la impresión de que todo se está haciendo correctamente sin obtener resultados.
No todas las bacterias en una herida son un problema. La colonización significa simplemente que hay bacterias presentes, algo habitual en heridas abiertas.
El biofilm aparece cuando esas bacterias se organizan, se protegen entre sí y alteran el equilibrio normal de la cicatrización, aunque no haya signos claros de infección. La infección, en cambio, implica daño activo en el tejido, con signos clínicos evidentes como aumento del dolor, enrojecimiento, calor, supuración o deterioro rápido.
Diferenciar estas situaciones es clave, porque no todas requieren el mismo enfoque terapéutico.
El control del biofilm no suele lograrse con una sola intervención. Requiere una estrategia mantenida y adaptada a la evolución real de la herida. El consenso del International Wound Infection Institute (IWII, 2022) recomienda sospechar biofilm cuando una herida no progresa al ritmo esperable pese a cuidados adecuados y subraya que el biofilm presenta una mayor tolerancia a los antimicrobianos, lo que explica por qué los tratamientos aislados suelen ser insuficientes.
Desde la experiencia clínica, Montserrat del Peso lo resume con claridad: “el abordaje del biofilm no puede basarse en la aplicación aislada de un producto; tiene capacidad de regenerarse, en ocasiones, en menos de 72 horas”. Por eso, tratarlo eficazmente implica una estrategia sostenida en el tiempo que combine desbridamientos regulares para romper la matriz protectora, control antimicrobiano mantenido, manejo adecuado del exudado y de la humedad, y una reevaluación constante de la evolución real de la herida.
Este enfoque está respaldado también por documentos de consenso publicados en revistas de referencia como Wound Repair and Regeneration.
El objetivo, como explica la experta, “no es eliminar por completo las bacterias, sino modificar el entorno para que la herida deje de ser favorable al biofilm”. Esto implica un cambio de mirada: dejar de centrarse solo en el aspecto visible de la herida y empezar a interpretar su comportamiento a lo largo del tiempo.
Cuando una herida no cicatriza, no siempre es porque falte cuidado o tratamiento. A veces, el problema es la presencia de un obstáculo invisible que mantiene bloqueado el proceso biológico de reparación.
El biofilm no es un error del paciente ni un fracaso del tratamiento. Es una de las razones por las que las heridas crónicas requieren comprensión profunda, estrategias específicas y seguimiento continuo. Identificarlo cambia la forma de mirar la herida… y también la forma de tratarla.